Una tienda de campaña carcomida por el paso del tiempo y un refugio excavado en la roca debajo de una carrasca son las dependencias de Daniel Mier, un asturiano de 61 años que hace años recaló en Aragón con su familia y ahora por infortunios de la vida se ha visto obligado a vivir solo en un campo de las Baldorrias desde hace cuatro años. Antes vivió en Cregenzán pero lo echaron por ‘okupa’ y también de una partida de la carretera de Graus. Y eso que Daniel a cambio podaba viñedos y limpiaba la maleza. Con el dueño del terreno donde ahora vive en su tienda de campaña hubo más suerte. Le pidió permiso y aceptó. A cambio le poda las carrascas de su campo de cereal y adecenta sus campos.
Allí cocina con una bombona de butano, o hace fuego con troncos de árboles caídos. Su dieta, legumbres, pastas y verduras, envasadas en tarros. Lleva unos pantalones vaqueros que tiene que sujetar con tirantes, “los compré en 2017 y he perdido cuatro tallas. Peso 75 kilos”.
Daniel Mier
Con el agua que le trae Luis Calvo más la que recoge con un cubo de la lluvia o del rocío se asea. No tiene perchas, pero su ropa está cuidadosamente plegada y no presenta ninguna arruga.
Su distracción, los libros de ensayo, poesía e historia que devora con avidez y que extrae de la Biblioteca municipal. “En estos cuatro años calculo que habré leído unos 500 libros”. Entre sus manos los últimos ganadores del certamen de poesía Hermanos Argensola o ‘Meditaciones’ de Marco Aurelio. A veces recala en algún bar de Barbastro, con libros bajo el brazo, sus gafas redondas, tirantes y un sombrero de fieltro. Su apariencia es una mezcla entre un Tom Sawyer en la ribera del Vero y un bohemio intelectual.
Se desplaza andando hasta Barbastro ya que el coche que compró lo tuvo que vender para adquirir una tienda de campaña más grande, una estufa y un generador de corriente de gasolina, y todavía lo está pagando a plazos con la entidad bancaria con la que adquirió el compromiso. Cobra el subsidio vital mínimo, unos 480 euros, de los cuales 20 euros van para pagar su móvil y 290 para el préstamo del coche. “Soy un hombre de palabra y lo voy a pagar porque no quiero perjudicar al fiador que firmó en el banco”, explica.
Daniel Mier
Habla varios idiomas: francés, belga, inglés, holandés, italiano y alemán. Ha sido empresario de hostelería, jefe de cocina. “Trabajé desde los catorce años como camarero”. Conoce el oficio de jardinero, marmolista y picapedrero, y otros muchos, y a sus 61 años sigue haciendo cursos en el INAEM en busca de una oportunidad laboral que nunca llega.
En 1964, con un año de edad, sus padres se fueron a Bélgica a trabajar y luego regresaron. Sus veinte años los cumplió en América donde estuvo hasta 1990. Recaló a Asturias “pero no me gustaba lo que había y me fui a Holanda, después a Alemania. Soy un hombre viajado”. Se casó y tuvo dos hijas, pero en 2014 se divorció. La relación con su familia es inexistente. “Soy huérfano de padres y de hijas”, lamenta.
Su infortunio llegó cuando encontró trabajo en 2017 en una empresa de Monzón dedicada a instalar fibra óptica aérea en el Sobrarbe. En un accidente laboral, cayó de un poste, y se rompió los ligamentos de la rodilla izquierda en mayo de 2018. La operación le llegó en noviembre de 2019 en el Hospital de Barbastro. Por entonces ya vivía en una tienda de campaña al no poder pagar el apartamento de Monzón y el coche de segunda mano que había adquirido. “He pasado Filomena y la pandemia en la tienda de campaña. He hablado con servicios sociales, de vez en cuando voy a Cáritas y consigo algo de comida. Yo no busco un sitio para vivir, busco un trabajo. Es lo que necesito. He llamado a todas las puertas posibles”, clama. “Me duele la pasividad de quien puede hacer algo y no lo hace. La falta de empatía. La gente que menos puede es la que más te ayuda”, considera.
La vida en una tienda de campaña “es cojonuda, si no tienes miedo al frío, al calor, a que te roben o que te entre un jabalí, un corzo o los ratones”, ironiza. “¿A ver quien, se atreve a pasar un invierno de Barbastro en una tienda de campaña?”. Le han robado, ha tenido percances por temporales. Y así va viviendo, con la solidaridad de un grupo reducido de amigos que le dan ropa y comida.
“He pasado currículums a todas las compañías que buscan empleo. Estoy en sus bases de datos, pero nadie me ha llamado. Tengo la aplicación Inaem Orienta. He hecho curso de fontanería de cobre de 80 horas, doscientas horas de soldadura de electrodo, de apicultura, … Me gustaría trabajar de lo que sea. ¿Ve estas manos? Estas manos trabajan. Yo no quiero peces, quiero la caña y un sitio donde poder pescar”, cuenta. “No puedo encontrar trabajo porque soy demasiado viejo, porqué sé demasiado, porque asusto a la persona que me entrevista. Es muy complicado y además no tengo coche. Sigo haciendo cursos en el INAEM haciendo cursos que no sirven para nada y cuando llamo a empresas me dicen que no”, lamenta.
De momento se entretiene leyendo los versos de uno de sus últimos libros prestado de la Biblioteca, ‘La habitación vacía’, de Juan Vicente Piqueras, premio Hermanos Argensola 2022:
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