Un niño huye, perdido, en la selva de una gran ciudad. Parecido al Adú de la película, pero este es blanco, con familia e igual de pequeñajo, seis años.
Este niño corre, corre y corre; atraviesa callejones miserables y hermosas avenidas. Corre al salir del colegio, antes de llegar a casa. Le gustaría recorrer mundo, sobrepasar los confines de la ciudad, que su camino fuera infinito, pero sabe que sin la protección de sus padres perecería.
En su hogar, a pesar del cariño que recibe, que percibe, se siente mal. Sus padres pretenden crear un marco adecuado para infundirle una educación y unos valores que le faciliten una madurez y un crecimiento adecuados. Pero él no quiere crecer. Ni siquiera se siente como el niño de la canción de la Curroplastic Show Band, ♫No quiero crecer, quiero ser un niño y vivir mil años para ser un pillo♫. No pretende ser un pillo, un golfillo. Nada más apartado de sus propósitos.
Hace un par de años, por puro azar, perseguido por un perro del barrio con muy malas pulgas, su tierno cuerpo experimentó una metamorfosis que lo alentó a no parar, a pesar de que el perro hacía rato que había cesado en su carrera. Se impregnó de todas aquellas culpas y alegrías propias de su edad. Las percibió de un modo tan intenso, le provocaron tal estado de bienestar que ya no quiso desprenderse de ellas. Constató, al paso del tiempo, que el correr le otorgaba el beneplácito de la inocencia, la perpetuación de sus sentimientos infantiles. Se fijaba en sus amigos e inconscientemente rechazaba su «evolución» biológica y mental. Llegado a un punto, no compartía con ellos ni aficiones ni inquietudes ni manera de ver las cosas. Creía que la razón descansaba en él y que el resto se equivocaba.
Tras cada carrera consigue afianzarse, anclarse en el presente, desligándose de un futuro que lo aguarda impaciente. Ha creado una razonable preocupación en sus padres; también en su hermana, dos años mayor, que lo tilda de mocoso. Sus padres han dejado caer en más de una ocasión que habría que visitar a un psicólogo. A él le da igual. Correr lo inmuniza de todo, de todos. Crea una pantalla que lo protege ante cualquier contingencia.
Cada vez que llega a casa sudoroso, exhausto, se convierte en el mismo niño que por la mañana al salir de la cama, el mismo que el día anterior, el mismo de dos meses atrás, el mismo que en su anterior cumpleaños, y eso le gusta.
Puede que solo él lo advierta con la nitidez adecuada, que los que le rodean lo consideren un bicho raro, un retrasado. Pero no le importa. Hace años que se convenció de que nació para ser niño, no para ser mayor. Y si tiene que seguir corriendo el resto de sus días para conseguirlo, no se detendrá.
El premio es el más bonito de los trofeos que un corredor haya recibido jamás.
FIN
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