En la antigua Roma se tenía clara la distinción entre un rival (del latín rivālis, de rivus “arroyo”) y un enemigo.
Un rival político o literario era un inimīcus (“que no es amigo, contrario, opuesto”), ya que ambos eran romanos, mientras que un enemigo externo o uno romano así juzgado por el Estado era un hostis (de donde vienen palabras como hostil, hostilidad, hostilizar o hueste).
Así pues, Julio César y Pompeyo eran inimici, ya que rivalizaban por hacerse con el poder del Estado, aunque la cosa acabó en una terrible guerra civil, con el asesinato del segundo tras la derrota que sufrió en Farsalia y huir a Egipto, donde un oficial de Ptolomeo lo mató a traición; o Plauto y Terencio fueron rivales en sus producciones escritas, mientras que los romanos consideraban hostes a los britanos, los galos, los germanos, los dacios o los partos, por poner algunos ejemplos, en sus ansias de conquista y expansión del Imperio romano.
Ahí tenemos los casos de Boudica (también conocida como Boadicea o Boudicca), líder de la tribu de los icenos y reina britana que se enfrentó a los romanos en contra de su ocupación en Britania, durante el reinado de Nerón, entre los años 60 y 61 d. C., y que los machacó e incluso destrozó alguna importante ciudad romana como Londinium (Londres) o Camulodonum (Colchester); o el de Vercingetórix, caudillo galo de la tribu de los arvernos, que a finales de la guerra de las Galias, unió a la mayoría de las tribus galas con el objetivo de enfrentarse a Julio César y expulsarlo de sus territorios, o el de Viriato, caudillo lusitano, que humilló en dos ocasiones a los poderosos ejércitos romanos mediante la guerra de guerrillas hasta que fue asesinado por los suyos que habían sido comprados por los romanos, y que al ir a recoger el dinero, las autoridades romanas les dijeron la famosa expresión “Roma no paga a traidores”.
Por otra parte, Marco Antonio fue declarado hostis Rei publicae romanae (“Enemigo de la República romana”) a comienzos del año 43 a. C. por el Senado que favorecía al futuro emperador Augusto; o Lucio Sergio Catilina fue considerado enemigo público (hostis) de la República Romana por el cónsul Marco Tulio Cicerón en el año 63 a. C., tras descubrir la conjuración que buscaba derrocar el legítimo gobierno; o el del propio emperador Nerón que fue declarado hostis publicus por el Senado el año 68 d. C., tras los numerosos (y supuestos) desmanes que cometió durante su reinado, lo que llevó a un grupo de gobernadores a forzarlo a suicidarse, tras el golpe de estado que habían dado.
Hoy en día los rivales políticos parecen todos encarnizados hostes (y así se califican a veces), por la forma en que se atacan y actúan de todas las formas imaginables, aunque el colmo es cuando vemos a algún líder atentando contra sus propios conciudadanos, bien de palabra o de obra.
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