Era mi rincón, allí había entendido la muerte de mis padres. Lloré sentada durante tres días debajo del altar que Von Cristensen había pintado en su retiro. Von fue el alemán misterioso que vivió escondido en la casa familiar. He mantenido su secreto hasta los últimos días de mi vida, siempre estuve enamorada de él, el recuerdo de sus manos de artista recorriendo mi cuerpo todavía me estremece, el olor de sus pinceles y la paleta que descansaba durante horas frente a la pared. Von desapareció un día de invierno de 1955, recuerdo perfectamente cómo las hojas de su árbol se cayeron. Su despedida fue fría, balbuceó en su pobre español que tenía que irse, me dejaba como regalo su mural, una pintura que explicaba su marcha, cómo la vid hace crecer la uva para convertirla en vino cada año, el ciclo de la vida. Fue algo que no entendí, el desgarro de su traición empañaba cualquier tipo de entendimiento, la rabia lo inundó todo. Hoy, sesenta años más tarde, vuelvo al altar con los huesos encogidos. Miro la pintura mimetizando la inutilidad de una espera baldía y le pregunto a Von cómo afrontar mi próxima despedida.



