
Tú aún no lo sabes, pero mi abuelo se pegó un tiro. Desde entonces los dos vagamos por la casa, él arrastra la pena de mi abuela muerta y yo juego con las armas de caza.
A él le gustaba levantarse temprano, vender las luces anaranjadas del alba mientras salía silencioso para buscar presas. La inocencia dormía entre mis ojos, la abuela preparaba el desayuno y la rabia discurría tranquila disfraza de rutina. Siempre hubo una atmósfera de pseudo felicidad en la casa, donde todos éramos cómplices de aquel engaño, mi abuelo volvía sonriente, la abuela lo besaba y los tres sentíamos que la vida no podía ser de otra manera, aunque la niebla pesada instalada en nuestros corazones no hacía presagiar ningún final feliz.
Todo hubiera sido perfecto, y mis padres seguirían trabajando en Alemania, de no ser por aquel terrible accidente que ocurrió en el bosque, la jauría de perros aullaba y el impacto hizo que el lecho de hojas amarillas que
dara en suspensión, mis recuerdos quedaron varados entre la espesura del follaje. Mi abuelo tenía la cara desencajada y lo demás forma parte de la nebulosa. Los dos volvimos a casa sin cruzar ni media palabra, con la expresión grave de no entender, pero con la reverberación del sonido en nuestras sienes.
Lo que ocurrió a continuación fue desgarrador para un joven de 15 años, fui el primero que encontró el cuerpo de la abuela todavía caliente, atada a la barra de la cortina. No puedo precisar en qué momento mi abuelo decidió pegarse el tiro. Yo, sobrecogido por las circunstancias, comencé a vagar por la casa, esperando a las primeras luces del día para recorrer la distancia que nos separaba del pueblo, creo que todavía estoy vagando, a veces el abuelo me acompaña, entonces siento que no estoy tan solo y la pena atrapada se aligera un poco. Los muertos no hablan y no sé cuánto tiempo tardarán en encontrarme.
Tu valoración y comentario son importantes