Bajo un cielo gris, las capas de nubes descubren tonalidades de luz atrapadas entre las partículas condesadas. La bóveda es una puerta blanca que da acceso al Universo. El viaje desde el coche me regala un travelling, a través de las copas desnudas de los árboles se filtra el paisaje creando imágenes de realidad superpuesta. Pienso en todos los adioses de mentira, en el último encuentro con prisa, en cómo los pensamientos flotan revestidos de colores y formas y te atrapan. Estelas cromáticas, fugaces me adelantan concentradas en el asfalto. En la intimidad cálida del habitáculo el flujo me lleva a la noche en que bailamos juntos debajo de una niebla densa como tus ojos, saboreo la luz debajo de mi abdomen esperando el momento en que tú te atrevieras a besarme mientras jugaba a esconder mi deseo. Recuerdo la palabra A_M_O_R, lloviendo a través de las hojas mojadas de los árboles y una gama cromática neutra en tus palabras. Caminábamos despacio el mar de lo desconocido, y tú te detenías para enfatizar atormentadas confesiones teñidas de indignación. Había un empeño incomprensible por recubrirte de normalidad, pero a mí me encantaba lo paranormal. La imagen de una flor de loto se sitúa entre nosotros, la felicidad es naranja y mi imaginación vuela construyendo un castillo donde vive una princesa.
La maraña de pensamientos empaña los cristales, nunca volviste a llamar. La inocencia adolescente se quedó habitando en el olvido donde mueren los sueños que nunca se cumplen. Vuelvo al coche, a la plenitud completa de tenerme a mí misma, a ser naranja para siempre. La vida es un viaje que discurre dentro de un coche habitado por uno mismo, sin asideros, aunque a veces abramos las puertas a pasajeros que acompañan durante parte del trayecto. Todos estamos solos e indefensos ante el otro.




