Hoy he vuelto a visitar los despojos de nuestra casa, aquella donde nuestros hijos ficticios jugaban sobre las tapias de nuestro amor mientras los posos del café vaticinaban longevas estaciones.
Tu recuerdo se diluye entre las sombras y Estrella te llama papá y yo sonrío. Acaricio el olor de otro tiempo y mis lágrimas brotan porque siento que tu imagen permanece adosada a las ruinas de la derrota. Nunca te fuiste del todo.
Yo, de pié, frente al ocaso, intuyo el crepitar de mi vida porque tú no estás muerto, pero decido en ese mismo instante empezar a cavar la fosa contenedora de todos mis fracasos para darte cristiana sepultura y dejarte solo aquí, en este pueblo deshabitado. Nunca ningún fantasma pudo sobrevivir en un desierto.


