La cantica sefardí de «La Santa Elena», ampliamente conocida e interpretada en ladino en nuestros días, es una versión de uno de los romances vulgares más vivos de la tradición oral hispánica en general y, en particular, de la aragonesa, rama del romancero que parece ser especialmente afecta a narrar casos de incesto, a juzgar por la gran cantidad de romances de tal temática recogidos en el libro Spanish traditional ballads from Aragon, de Teresa Catarella (Bucknell University Press, 1995).
Porque, contrariamente a lo que podría deducirse por el nombre, en la “Cantica de la Santa Elena” no se hace mención alguna a la santa cuya festividad se celebra el 18 de agosto, sino que relata el intento de seducción y posterior asesinato de una joven a manos de su hermano.
Casos de deseos incestuosos, entre hermanos -como el que cuenta este romance- , o entre padre e hija -como el que se recoge en las diferentes versiones aragonesas del romance de “Delgadina”, que también incluye Catarella en este libro- , remiten a un tema profundamente arraigado en el imaginario popular como horrible tabú; pero tal vez también su extraordinaria vigencia en ciertas zonas aisladas tenga que ver con la mayor consanguinidad por endogamia de sus escasos pobladores.
En el romance sefardí de “La Santa Elena”, más conocido en el ámbito hispano por “El hermano infame”, se narra una truculenta historia de amor y muerte entre dos hermanos[1], cuyo parecido con el Romance de Tamar y Amnón es notable, aunque su final sea bien diferente: cuenta la historia de una pobre huérfana solicitada de amores por su hermano, a la que éste asesina tras ser rechazado por ella:
El hermano infame (romance de La santa Elena/ En Santa Amalia)
“En Santa Amalia vivía una joven guapa y hermosa como un jazmín.
Ella, solita, se mantenía cosiendo cosas para Madrid.
Un día le dice el hermano infame: – Sabrás hermana del corazón,
que tu hermosura me tiene loco y tu marido quiero ser yo”[2]
El caso es, como se ha dicho, similar al del relato del Antiguo Testamento que narra la violación de Tamar por Amnón, hijo de David, cuando éste, fingiéndose enfermo, se hizo preparar y subir a su habitación por Tamar una comida que lo reconfortara. Cuenta también el relato bíblico cómo otro hermano, Absalón, tercero de los hijos de David, la vengaría dos años más tarde, matando a Amnón. Así comienza la historia en los romances:
Tamar y Amnón (romance de Tranquilo/Tarquino)
Un rey moro tenía un hijo que Tranquilo se llamaba.
Un día estaba comiendo, se enamoró de su hermana.
De los amores que tuvo cayó enfermito en la cama
Y su padre le decía: – Hijo mío, ¿qué te pasa?
-Tengo una calenturita que el corazón se me abrasa.
Quiero que me suba un ave, que me la suba mi hermana.[3]
Se trata de uno de los episodios bíblicos más veces reformulado literariamente y por los más diversos autores, desde Tirso de Molina hasta Federico García Lorca. El “autor legión”[4] de la tradición oral convierte a los personajes bíblicos en hijos de reyes moros, pero el argumento de la historia (salvo la venganza de Absalón) es en esencia la misma y sufre pocas variaciones: Tamar es forzada por su hermano y, en los romances, quedará embarazada de él; el de la santa Elena es, si cabe, más macabro, ya que ella rechaza a su hermano de forma tan contundente que éste no consigue consumar su deseo y , despechado, la mata sin haber llegado a violarla (de ahí, probablemente, lo de la “santa”).
La que esto escribe también ha trastocado, a imitación de la tradición popular, los topónimos y patronímicos en sus versiones poéticas del relato bíblico:
¡Que venga Tamar, mi hermana, que estoy enfermo,
y que me curen sus manos, madre, que muero!
[…]
A la estancia de Altamón sube la linda Altamara,
las barandillas de fuego, las escaleras de lava.
[…]
¡Métame a un convento, padre! Justicia no pido yo,
que no me ha de querer otro después que me amase Amnón.
Pero la voluntad poética individual de un autor ni por asomo puede compararse a la productiva creatividad colectiva de la tradición, en la que, según muestras recogidas por Manuel Alvar[5], Amnón no sólo es Tranquilo o Tarquino, sino Paquino o Ataquino, e incluso Ramón, quizás por el parecido fonético con Amnón… En fin, con tantos nombres y variantes para cada romance… ¿no es para perder la cabeza? Santa Orosia (quien prefirió a su vez la muerte a la deshonra de ceder a lascivos requerimientos y que, por cierto, también tiene en el libro de Catarella su romance[6]) nos ampare …
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[1] Según todos los indicios, los hechos narrados en este romance debieron de tener un origen real ocurrido en ‘Santa Amalia’ (topónimo reconstruido en otras versiones orales como ‘Santa Elena’) y la balada se extendió por la geografía peninsular, zonas de Marruecos y América, de donde pudo ser tomada por los judíos sefarditas y llevada a otros lugares de Oriente. Una versión cantada, recogida de una informante de Chile, se puede escuchar aquí: https://sites.google.com/site/patrimonioinmaterialdelosrios/home/presentacion-del-repertorio/13
[2] Catarella (1995:140) Versión recitada por Isabel Ramos, de Ababuj (Teruel) en julio de 1985.
[3] Catarella (1995:47) Versión recitada por María Cruz Ramiro Artiegas, de Boquiñena (Zaragoza) en julio de 1987.
[4] El término autor legión se debe a Ramón Menéndez Pidal.
[5] Alvar, M. (1970): El romancero. Tradicionalidad y pervivencia. Barcelona, Planeta.
[6] Catarella (1995:189)



