Hace más de dos años escribí una décima que ahora ha visto la luz entre los otros poemas de mi libro Paraísos de invierno[i]:
DÉCIMA ACRÓSTICA A UNA DAMA SENTADA EN UN SOFÁ ROJO
La libertad tiene formas
a las que obliga nobleza.
Inclinando la cabeza
no se han de cambiar las tornas.
A suertes con la belleza,
una dama distinguida,
de nombre propio Verdad,
intenta salir erguida
tras retar a muerte o vida
a tanta huera oquedad.
La dama llamada Verdad llevaría en sánscrito el nombre de Satya, palabra que en ese idioma significa «verdad» o «esencia», y representa los valores de honestidad e integridad en el hinduismo, que se concretan en la coherencia entre pensamientos, palabras y acciones con la realidad -base del Dharma o camino hacia la virtud-. Satya es el nombre que saca a relucir Juan Luis Piqueras en el libro[ii] que ha publicado recientemente, donde no solo recoge una serie de columnas que preconizaban la situación actual, sino también un profundo amor a los suyos, por el que termina invocando al fuego que une y reúne al clan, diciendo de sí mismo lo que sigue:
“Desde 2023 doy la batalla desde La Inaudita, en la calle Rodríguez Marín 20 de Córdoba. Una librería cooperativa donde los libros se leen, las ideas se discuten y el pensamiento libre todavía tiene sitio. Una aldea gala en el centro de una ciudad que lleva dos mil años resistiendo lo que le echen. Si este libro le ha encendido algo, ya sabe dónde encontrarme”.
Esperemos que allí, al sofá rojo de La Inaudita, siga acudiendo a sentarse, por mucho tiempo más, la cada vez más desvalida dama (por el ruido mediático en la nube) de nombre Satya o Verdad.
[i] Diez de la Cortina Montemayor (2026): Paraísos de invierno. Editorial Manuscritos, Madrid.
[ii] Piqueras Merino, J.L. (2026): El Cártel de las Papeletas: Cómo defenderse de los yonkis del voto. Disponible también en Amazon versión Kindle





3 comentarios
Muy agradecida por tus palabras
El texto de Susana Díez de la Cortina tiene varios niveles de lectura que se entrelazan con bastante elegancia: el estrictamente poético, el simbólico y el ensayístico. La décima funciona como núcleo de sentido y el comentario posterior amplía su resonancia ética y cultural.
La composición destaca, en primer lugar, por el uso de la décima acróstica como forma clásica sometida a una intención contemporánea. Hay en ella un equilibrio interesante entre contención métrica y densidad conceptual. El poema no busca el ornamento excesivo, sino una especie de gravedad moral. Desde el primer verso —“La libertad tiene formas”— se plantea una idea esencial: la libertad no aparece como impulso arbitrario, sino vinculada a la nobleza, a la dignidad y a la coherencia interior. Esa relación entre libertad y responsabilidad recorre toda la pieza.
La imagen central de la “dama distinguida” llamada Verdad posee una clara dimensión alegórica, casi medieval o renacentista, pero trasladada a un contexto actual. La Verdad aparece humanizada, vulnerable y al mismo tiempo resistente. No es una verdad abstracta o doctrinal, sino una figura que “intenta salir erguida” frente a la “huera oquedad”, expresión especialmente lograda porque contrapone verticalidad moral frente a vacío discursivo. Ahí el poema adquiere un tono de crítica cultural muy contemporánea: el ruido, la superficialidad y la desposesión de sentido amenazan esa figura femenina de la verdad.
Resulta también muy sugerente la incorporación posterior del concepto sánscrito Satya, que amplía el horizonte del poema. La autora no se limita a una defensa racional de la verdad, sino que la vincula con la coherencia entre pensamiento, palabra y acción. Esa idea dota al texto de una dimensión ética profunda y enlaza bien con el simbolismo de la dama sentada en el sofá rojo: una presencia que resiste desde la dignidad y no desde el estruendo.
El comentario sobre la librería La Inaudita introduce además un desplazamiento interesante: la alegoría poética encuentra un espacio físico donde encarnarse. El “sofá rojo” deja de ser únicamente una imagen literaria y se convierte en símbolo de refugio cultural, conversación y pensamiento libre. Ese paso de lo simbólico a lo concreto está muy bien resuelto, porque evita que el poema quede encerrado en una abstracción idealista.
Estilísticamente, Susana Díez de la Cortina mantiene un tono sobrio y reflexivo, con un léxico deliberadamente noble (“tornas”, “oquedad”, “erguida”), que refuerza la sensación de estar ante una defensa ética de la palabra. Hay incluso un eco cervantino o barroco en esa mezcla de dignidad, ironía implícita y resistencia frente al deterioro del mundo.
Quizá lo más valioso del conjunto sea precisamente eso: el texto no habla solo de la verdad, sino de la necesidad de conservar lugares —poéticos, humanos o culturales— donde todavía pueda sentarse la Verdad sin ser expulsada por el ruido.
Esto es emplear la IA y lo demás tonterías.