El pasado día 21 de octubre no tuve la oportunidad de hablar con el tan esperado Marty McFly. No será porque no se encargaron de recordármelo los telediarios, prensa o redes sociales, sino porque en realidad lo que a mí me gustaría anticipar es mi futuro y no el que tenía por delante un señor hace ya 30 años aproximadamente.
Si consiguiera que alguien del futuro se atreviera a volver atrás, estoy segura de que habría dejado todas mis ocupaciones diarias para hacerle unas cuantas preguntas y satisfacer mi curiosidad. Lo primero que se me vendría a la mente, a diferencia de otra mucha gente que solo pensaría en la tecnología y el avance de la ley del mínimo esfuerzo, serían los resultados de las tan esperadas elecciones de final de año que tanto me preocupan y si las propuestas de cada uno de los líderes pintan de color su presidencia.
¿Se cumpliría la nueva política medioambiental, la solidaridad e integridad que podrían caracterizar a nuestro país o una justicia ágil, propuestas por los populares? ¿Se desarrollará una modernización de nuestra economía y se creará más y mejor empleo, fines tan perseguidos por los socialistas? ¿Terminar con el bipartidismo es una aspiración utópica? ¿Descubriremos la vacuna contra la fiebre extendida por el nordeste peninsular?
Son preguntas que, creáis o no, tienen una respuesta decisiva en la vida de nuestros yo futuros, aunque inmersos en nuestra inocencia y confianza en el buen corazón de las personas, solidarios y llenos de esperanza masticamos la frase que se repite cada cuatro años: “hay que darles una oportunidad”.
Aunque esa oportunidad la vayas a sufrir cuatro años, no merece la pena leerse montañas de papeles informativos, es mejor atender al discurso diario de cada uno de los aspirantes y pensar, bueno, de las mil y una cosas que han dicho, algo cumplirán.
Tengo que reconocer que yo, tal y como lo hizo Robert Zemeckis, me gusta plantearme si algún día las zancadillas periodísticas se las harán a la corrupción o si al final de la fila de personas que como tú, están sin trabajo, habrá, al menos, un alma cándida repartiendo chucherías.

