No es de la última película de David Trueba de lo que quiero hablar en este artículo. Pero tal vez sí, porque el amor entre personas de edades diferentes puede presentar un modo, quizás no del todo inarmónico, de falta de equidistancia.
Cuenta Lao Zi en el libro del Tao que el Cielo y la Tierra no están perfectamente equidistantes entre sí, sino que se encuentran más cerca el uno de la otra al noroeste. Ello se sustenta en un antiguo relato, en el que se cuenta que un dios mitológico derribó uno de los cuatro pilares que sustentaban el Mundo, y se desniveló. Los ríos corren y las cosas caen por su peso debido a ese desnivel fortuitamente ocasionado por un dios poco atento.
El Mundo, entonces, era una gran tortuga sostenida por cuatro elefantes y rodeada por el círculo con el que a todos ellos encerraba la gran serpiente cósmica, de modo que todo movimiento presentaba un trazado circular: “Retornar [al principio], he ahí el movimiento del Tao; debilidad, he ahí la propia cualidad del Tao. Las cosas del mundo nacen del ser; el ser nace del no-ser”.
Las cosas, según Lao Zi, surgen por la ligereza de la debilidad, y no por la fuerza. Pretender algo es usar o ejercitar el poder, es violentar el natural movimiento del Tao. Todo afán es contrario a ese movimiento: “No hay mayor mal que dejarse arrastrar por los deseos, no hay mayor desgracia que no saberse nunca contento; no hay defecto más doloroso que la ambición”.
En el origen del Cielo y de la Tierra estaba el Gran Uno.
Celebrar el retorno, sentirnos de nuevo unidos. No veo una manera más natural de entender estas fechas que aceptar la llegada del invierno, el cierre del año, la perfección del movimiento cíclico.
De eso era de lo que quería hablar hoy. Pero quizás, también, de la película de David Trueba.




