Vamos a ver, examinemos el escenario. Somos incapaces de disminuir nuestro abultado endeudamiento que roza el 100% de nuestro PIB. Las pensiones se están pagando con créditos y deuda en forma de bonos. De los pensionistas, según datos de la Seguridad social ( y subiendo con las nuevas incorporaciones), alrededor de 750.000 de ellos perciben 2.000 o más euros mes, pagas extras aparte, no así muchas otras pensiones- la mayoría- de muy baja remuneración. Los salarios de los jóvenes son cada vez más escasos y sus trabajos de lo más precario. En cualquier ciudad, y mucho más en las grandes urbes, el precio del alquiler para estos colectivos se ha hecho inaccesible y consume gran parte de sus rentas. Si quieres un local a pie de calle te sobrarán las ofertas, pues ni se alquilan ni se venden. El déficit por cuenta corriente no hay forma de disminuirlo en sus grandes cifras, y cambiar el modelo productivo está constituyendo una tarea imposible. Parece como si estuviéramos condenando a ser un país de servicios, de bajo valor añadido. Somos débiles, y la injusticia y la desigualdad de forma resignada ya parece instalada definitivamente en nuestra sociedad. El paro en muchas de nuestras regiones supera el 25% ; en las más dinámicas no baja del 14%. Oyes cualquier conversación en un bar y parece como si solamente ganar un puesto público o llegar a la jubilación, anticipada o no, supusiera la liberación y esquivar el mal general que nos invade. Es como lograr salirse del infierno vital que nos rodea y adquirir por fin la tabla de salvación, al margen de todo lo que sucede y está por venir. Nadie se pregunta por el todo al que pertenece, ni nadie parece entender que cuando la vía de agua es de suficiente tamaño, lo que puede hundirse en realidad es el buque completo y todos sus tripulantes.
Con este edificio de los pies de barro, al menor contratiempo- y existen nubes de tormenta financiera en el horizonte- el país puede entrar en una situación todavía más peligrosa que la vivida con la burbuja inmobiliaria
Y en esta situación nos llegan noticias sobre nuestros ayuntamientos. Publicaba recientemente el Heraldo de Aragón, los sueldos que se han autoconcedido alcaldes en poblaciones, desde luego nada importantes, como Calamocha, Utebo, Tarazona, Cuarte o Pinseque, y llama la atención que bien en algunos casos a través de las diputaciones, o por sí mismas dichas corporaciones, hayan fijado sueldos a dichos ediles que se acercan o superan los 50.000 euros anuales. En Calamocha son 56.000 euros, en Cuarte, 52.542, Tarazona 51.000 , Utebo 49.717, y Pinseque 39.800.
Toda una huida hacia delante de ciertos señores y falta de empatía con grandes sectores de la sociedad que lo están pasando muy mal en el día a día. Es la tónica general, hoy mismo dice el Confidencial, que el 28% de los grandes alcaldes se ha subido el sueldo en su primer mes de mandato.
Tengo serias dudas de que todos estos alcaldes nos representen. Ciertas actitudes son síntomas de la decadencia que ya nos alcanza.



