
Despierto contemplando amaneceres de colores de una belleza indescriptible. Las bóvedas luminosas que bañan los montículos de San Ramón, tiñen sus árboles, cultivos y casas de intensos morados y amarillos infinitos.
Mis vecinos, sus mascotas y también las palomas, cárabos, azores, gatos y búhos con los que convivimos, abren los ojos esperanzados por un día que depare buenos augurios. En el trabajo, en la búsqueda de alimento, en la garantía de que el entorno te proteja o en ese paseo mañanero que ayude a encontrar ideas renovadas.
En dirección al indispensable Zoológico Iris, transcurre una pequeña arteria sin asfaltar que sirve de conexión con el Polígono La Cerámica y que quizás sin llegar a ser mágica, aspiraba a ser placentera por la tupidez de la vegetación que lo flanqueaba y que lo integraba plenamente en el territorio, regalando al transeúnte sensaciones de total conexión con el entorno.

Para ello, el camino nos mostraba orgulloso su mejor tesoro. Un magnífico bosque de esbeltos pinos, exultantes de poder constituir un interesante ecosistema, orgullosos de resistir cualquier tipo de adversidad climática y proteger al suelo, contentos por proporcionar alimento y cobijo, algo altaneros al ser auténticos muros de contención del ruido, el aire o productores de sombra.
Hace unos días se cumplió un nuevo capítulo de la ignominiosa historia forestal patria, una tierra de exterminio verde en favor del apolíneo asfalto. Esos pinos que ingenuamente aspiraban a morir de viejos, que quizás quisieron por una vez cambiar las cosas, fueron ejecutados sin piedad a golpe de motosierra.

Al parecer no había posibilidad alguna de preservar el mayor pinar de Barbastro, de convivir en modo alguno con los futuros planes urbanísticos que posibilitaran a sus nuevos habitantes, disfrutar de un inmenso pulmón generador de ingentes cantidades de oxígeno. Imposible.
Sólo por una vez, la oportunidad de pensar el futuro de una ciudad que albergara un pequeño bosque, el símbolo de que la especulación y la falta de sensibilidad no siempre tienen que ganar. Pese a la ley, pese a la norma. Por sentido común.
Hoy San Ramón es más feo y el camino ha perdido su dignidad. Mutilado, desnudo y degradado a la exposición del sol y el polvo, espera a que algún día otros árboles vuelvan a crecer en sus márgenes y los pájaros huidos pueblen sus copas. Y a que los ciudadanos defendamos con amor y más ahínco su integridad robada. Si el ladrillo lo permite.



1 comentario
¡ Qué lástima! Ignoraba esa lamentable tala. Lo había recorrido muchas veces, disfrutando de su aroma, casi siempre al trote, bajo su fresca y placentera sombre. ¿Quién ha ordenado la tala? ¿ Por qué? Me gustaría saberlo para intentar comprender esa medida.
Como a Edgar también me gustan los amaneceres. Pero desde El Ariño son diferentes, y puedo ver el momento previo a la salida del Sol, donde los cielos del Sur se tornan malvas y violáceos, mientras el astro, oculto tras la Carrodilla, trajina por salir…; encima de donde asomará emerge como una corona amarilla que empieza de un pálido limón hasta tornar a un amarillo hirviente, que tremola ; luego se produce el milagro y un delgado hilo de oro asoma tímidamente.
Todo transcurre en un silencio reverente.
Cervantes definió el momento como “ cuando los dorados cabellos de Apolo asoman por los balcones de Oriente”
Podríamos formar un club de admiradores del amanecer. Dalí, a veces, asistía a atardeceres en la Costa Brava , con algún amigo, y aplaudían el momento.