Ojalá nos hubieran dicho esto de niños… Lamentablemente, muchos nos educamos con reproches del tipo: se buen@, no seas malo… O con chantajes como: «si te portas mal mamá se pone triste, papá se enfadará…». Frases que venían de figuras importantes durante la infancia, de referentes como padres, profesores, abuelos…
Todo niño en su pensamiento mágico se cree responsable de la Felicidad o problemas de aquellos a los que ama. De este modo, algunos crecimos albergando en nuestro interior un sentimiento de que no éramos lo suficientemente buenos, que había algo malo en nosotros y por ello debíamos ocultarlo. Fue así como desarrollamos de manera inconsciente estrategias de compensación, nos escondímos tras máscaras de niñ@ buen@, para agradar, para que nos reconocieran, nos valorarán, para demostrar al mundo que éramos buenos y merecíamos ser amados. Lo triste de esto es que en nuestro fuero interno, el mensaje que quedó grabado era el de «no eres buen@». Sin darnos cuenta perdimos el contacto con nuestro yo real, con nuestra esencia siempre perfecta, quedando a merced de lo que lo que se esperaba de nosotros… De allí el miedo de mostrarnos al mundo sin máscaras, la autoexigencia, el perfecciónismo, la dificultad para decir no, o por el contrario, la rigidez a la hora de educar…
¿Hasta cuándo? Hasta que tomemos consciencia de ello, lo sanemos y nos reconozcamos como el ser maravilloso que en esencia somos.
¿Cómo? Conectando con nuestro niño; hablándole con cariño al pequeño que fuimos, dándole amor, cuidándolo y cuidándonos…
¿Para qué? Para no perpetuar la herida con nuestros hijos, para educarles desde el amor, sin juicio, sin culpa…Para enseñarles a tratarse con respeto y, por lo tanto, darles herramientas para decir no y poner límites, sin sentirse culpables. En definitiva, para poder decirles: «se buen@ contigo».
Cuidemos el lenguaje a la hora de educar, las palabras tienen poder y pueden edificar o derrumbar los cimientos de la persona.

