“Y mira que mira y mira”
(Antonio Sánchez, en voz de Camarón de la Isla)
Situación
El teatro se encuentra vacío de espectadores. No pasará mucho tiempo antes de que desmantelen los carteles del frontispicio del inmueble, antes de que el cierre sea definitivo. Pero eso, ahora, todavía no lo sabemos. Tampoco lo saben ellos aunque lo intuyan. Marta y Zisha reconocen a su alrededor los indicios del cambio, las señales que hablan del fin de un estado de cosas. Hay un asomo de alegría. Creen que las cosas van a mejorar. Sin embargo, es sólo un amago de felicidad ya que hay un presentimiento de que todo puede empeorar. En ese momento no pueden imaginar hasta qué punto.
La mirada
Pero volvamos al teatro. Fijemos nuestra atención en un episodio, en una secuencia. Lo que en ella se desarrolla posee un valor más allá de lo evidente: no se trata tan sólo del regalo de un hombre a la mujer a la cual ama y de la que, a continuación, habrá de despedirse para siempre; han caído las máscaras y esta escena es, en el mismo lugar donde la intriga y la impostura tuvieron su dominio, la representación de lo genuino, de lo auténtico, de todo aquello que, en otra situación, habría de servir para marcar un inicio y, sin embargo, señala un final.
La escena
Sobre el escenario del teatro, donde tantas veces exhibió su fuerza descomunal y fue admirado, y vituperado también, por tantos, Zisha mira embelesado a Marta que, a su vez, pasea su mirada de las teclas del piano a los músicos de la orquesta. Del infinito a Zisha, a quien sonríe levemente con la intensidad del agradecimiento profundo, con la brevedad que el arrobamiento le impone.
El contexto
Berlín, 1932, periodo previo a la formación de gobierno por parte de Hitler.
Los personajes que fueron
Zisha, herrero judío, de origen polaco, es obligado a encarnar a Sigfrido: el hombre de fuerza sobrehumana, la plasmación del ideal ario. Sale disfrazado, noche tras noche, al escenario a dejar patente su capacidad. Una peluca bajo el casco, de cabello rubio y ondulado, acentúa la caracterización. Trabaja en el Palacio de lo Oculto con y para el falso mago –falso conde danés– Hanuseen quien tiene la vista puesta en ocupar un lugar en el gobierno hitleriano, gracias a sus contactos con la élite nazi y a la supuesta dote de clarividencia que posee y que vaticina la llegada del Mesías Adolf.
Marta Farra, checa de origen, apátrida de condición, huérfana, es la pianista que acompaña los espectáculos, malbaratada, del Palacio de lo Oculto, la amante subyugada de Hanuseen, la mujer de los sueños de Zisha. Ella “daría todo” por poder interpretar el Concierto para piano número tres de Beethoven. Ella al piano. Y una orquesta acompañándola, a sus pies, entre el escenario y las butacas.
Las personas que son
Zisha decide que va a ser Sansón –no el ario Sigfrido– y como tal se presenta en escena, desenmascarando su cualidad de judío. Hanuseen va a ser descubierto ante los tribunales por Zisha y por Marta; puesto en evidencia como impostor y como el judío de origen checo que en realidad es. Zisha hace caer su propia máscara por la exigencia de dignidad que le intima la mirada de su hermano pequeño, al que ama. El mago llega a los tribunales por su prepotencia, su ambición y su ejercicio constante de violencia. Una vez destapado, los nazis que Hanuseen vitoreaba cada noche durante sus espectáculos le regalan un puñado de balas. Cuando encuentran su cadáver, algún animal salvaje se ha encargado de devorar la histriónica mirada penetrante que acompañaba a sus trucos.
Zisha no quiso ser Sigfrido. Tampoco quiere ser Sansón. Va a volver a Polonia. Antes, un regalo: lleva a Marta, de la mano, a la escena desde la cual la veía cada noche cuando trabajaban juntos. La lleva por el escenario, entre bambalinas y bastidores, ante un piano. Un telón oculta el patio de butacas. Mientras Zisha la conduce suavemente al asiento ella pregunta con la mirada. El asiente, corre el telón y pone la orquesta al descubierto.
Marta interpreta el Largo de su concierto mucho más lento de lo que lo es en la partitura; como si quisiese demorar, con su ejecución ralentizada, el final de su ensueño.
Zisha mira a la mujer de sus sueños. Marta se mira a sí misma en el suyo. Werner Herzog hecha la mirada atrás y los mira a ellos desde el año 2001. Yo miro a la pantalla. ¿Quién me está mirando a mí, ahora? ¿Quién mira a quien me mira?
En la caverna: miro las sombras. Soy una de ellas.




