La mayoría amamos profundamente a nuestros hijos pero ¿nos hemos planteado alguna vez si los amamos con la cabeza o con el corazón?
Lamentablemente la mayoría somos especialistas en amar con la cabeza y amamos de este modo cada vez que actuamos desde el miedo.
Amamos con la cabeza cuando sobreprotegemos a nuestros hijos y tratamos de evitar que cometan nuestros errores, impidiéndoles experimentar las consecuencias de sus decisiones y privándoles del aprendizaje que ello conlleva.
Amamos con la cabeza cuando no somos capaces de amar a nuestros hijos por lo que son, juzgando, criticando, presionándoles para que cambien su conducta, controlándoles e incluso utilizando la manipulación, muchas veces de manera inconsciente.
Amamos con la cabeza cada vez que nos enfadamos y frustramos porque nuestros hijos no cumplen nuestras expectativas. También cada vez que nos sentimos culpables porque presentan una conducta discordante a nuestro sistema de creencias respecto a lo que debe ser un buen hijo.
¿Por qué nos cuesta tanto amar incondicionalmente? Sencillamente porque amamos a los demás del mismo modo en que nos amamos a nosotros mismos y a veces nosotros somos los grandes olvidados. Nos centramos en dar a nuestros hijos cuidados, estímulos, alimento, que no les falte de nada, llegando incluso a la extenuación. Sin embargo, vacíos y agotados por dentro, difícilmente podremos darles amor del bueno, simplemente porque nadie puede dar lo que no tiene.
Se nos olvida que AMAR CON EL CORAZÓN ES ACEPTAR LO QUE ES, ACEPTAR A NUESTROS HIJOS SIN JUICIOS DE VALOR, INCLUSO AUN CUANDO NO ESTEMOS DE ACUERDO CON ELLOS O NO LOS COMPRENDAMOS.



