Naciste en la ciudad del Iberus, como yo, aunque en mi caso vivo en una población cercana, y resides en esta bella y vieja Caesar Augusta (Zaragoza), con el pequeño Pedro y Enrique.
Tu nombre deriva de la bella lengua griega, y hace honor a tu persona, pues transmites paz, sosiego, serenidad, con un punto de timidez también. Tus padres lo pensaron tal vez intuyendo la relación que ibas a tener con aquella lengua.
Desde muy pequeña tu padre te leía pasajes de la Odisea de Homero, y esto fue el germen de tus futuros estudios en Filología Clásica que cursaste en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital, con algunos de los profesores y profesoras que me dieron clase a mí unos años antes, y hasta con algunos compañeros y compañeras de mi promoción. Aunque tienes dos doctorados en esta especialidad y has dado clases en la Universidad, prefieres tu labor divulgativa y como escritora.
Aunque yo ya te leía en alguna columna del Heraldo, no sabía quién eras, mas tuve la inmensa suerte de escucharte en junio de 2017 en la Biblioteca María Moliner, en aquella estupenda charla que diste para la entrega de premios a una brillante alumna, que yo mismo había presentado a un concurso de traducción regional. Todos los presentes quedamos encantados, y yo además me acerqué a saludarte y a hablar un rato contigo. Me diste tu tarjeta con tu mail, y apenas unos meses después (enero 2018) estabas en nuestro centro dando una preciosa conferencia. Comimos con Enrique tu marido, un encanto de persona, como tú, apreciada Irene, y echamos unas buenas risas.
Desde entonces te he seguido en tus columnas (ya sabes que tengo varias plastificadas), en tus libros, en tus artículos de El País Semanal y en otros foros donde sales y escribes.
Pero también hablamos por correo y por whatsapp de proyectos, de escritos, de lecturas, de premios…
En noviembre de 2019, justo cuando acababas de lanzar tu magnífico libro El infinito en un junco, viniste a presentarlo a la librería Ibor de Barbastro, muy afónica, pero cumpliste como una gran profesional, y fue otra delicia escucharte. Y tan solo unos días después volviste a mi centro a darnos otra interesante charla, que me ha dado unas cuantas ideas para escribir mi segundo libro, por lo que te estoy muy agradecido. Allí tuve la inmensa suerte y el honor de presentarte, aunque fuera en petit comité.
¡Apreciada Irene! Gracias por tu cercanía, por tu amabilidad, por ser tan buena persona, por tu calidez y calidad humanas, por tu generosidad, por todo lo que aprendemos con tus charlas y escritos, por defender nuestras asignaturas y la cultura clásica por donde quiera que vayas, por…

