En estos días en los que recordamos que la alegría también es una forma de resistencia, sin negar la realidad del momento que estamos viviendo de conflictos armados, tensiones sociales, crisis climáticas…, me gustaría transmitir a través de este escrito unos instantes que generen luz y esperanza para todos.
Pequeños momentos que nos recuerden el valor de compartir y celebrar la vida.
Para ello hemos de saltarnos las costuras de la rutina y refugiarnos en conversaciones sin que las pantallas estén de por medio. Rompamos el guion oficial y recordemos lo fuertes que somos cuando estamos juntos.
Nuestro pueblo durante todo el año descansa paciente, tejiendo en silencio sus costumbres, pero ahora la música despierta esa rutina y el tiempo se detiene para recordarnos que late más fuerte que nunca. Son días mágicos en los que las raíces de nuestra tierra brotan en forma de luz, color y alegría.
Los que llevamos muchos años viniendo para fiestas tendemos un puente entre el ayer y el hoy, que nos invita a celebrar la suerte de pertenecer a esta gran familia. La semilla de la alegría se implanta en nuestras calles, donde queda reflejado ese lienzo en el que rescatamos los mejores recuerdos.
La amistad se convierte en el mejor idioma y en cada rincón hay un hogar abierto al mundo. Surge una melodía de reencuentros, un estallido de luz que se convierte en algo mágico. Es el momento de abrazar a los que vuelven, de compartir mesa y mantel, de llenar esos espacios de risas y de alargar las noches.
Además de ese programa de actos al que han dedicado una buena parte de su tiempo un grupo de personas, desplegando esfuerzo en cada uno de los detalles, ya que consiste en hilvanar tradición, emoción, música y convivencia para que todo salga bien, manteniendo la esencia del pueblo, la fiesta es el reflejo de nuestra identidad, el legado que nos dejaron nuestros mayores y la herencia que transmitimos a las futuras generaciones.
Personalizando recuerdos, en mi infancia me llenaba de emoción ver las calles engalanadas, el bullicio de los festejos que despertaban de golpe mi ilusión, haciéndome olvidar por unos días preocupaciones. Las fiestas me enseñaron el valor de la comunidad, renovando cada año ese sentido de la pertenencia.
Eran un espacio donde el reloj parecía detenerse, permitiéndome jugar, bailar y asombrarme con todo aquello que me rodeaba. Ese círculo de olores, colores y sonidos que marcaron mi niñez quedan encerrados en mi memoria, demostrando que, aunque haya pasado el tiempo y ahora sea ya una persona mayor, la niña que fui sigue viva en mi interior.
Bajo el mismo cielo de siempre y con el entusiasmo de la niñez, renuevo mi voto con la tradición, entrelazando mis pasos con los vuestros en esta danza colectiva de afectos y memoria compartida.
Porque celebrar es honrar lo que fuimos y tejer lo que somos.
Por todo esto, vivamos la fiesta, dejando fuera las prisas, apagando por unos días las preocupaciones del mundo que nos rodea y encendamos, como así lo hacemos en Navidades todos los años, otra “fogata”, la de nuestras raíces.
¡Volvamos a jugar en la plaza, volvamos a hacer eterna la fiesta de Campo!
https://rondasomontano.com/campo-un-retiro-para-revivir-los-valores-navidenos/





