Todavía se ve personal por el pueblo. El bar de Prats continúa llenando parte de la plaza Mayor. Los últimos estertores del mes de agosto se dejan notar cuando pasas por las calles y ves gente sentada en los bancos, o mujeres multigeneracionales que se afanan por jugar a las birllas, convirtiéndose en un tema común en las conversaciones de estos días.
Los que somos de aquí seguimos mirando, a veces con extrañeza, a las personas ajenas a la fisonomía habitual del lugar, preguntándonos cuál es el rol o función de esos desconocidos que se han establecido en Campo.
En ocasiones, se trata de turistas que vienen cada verano, porque aquí encuentran el lugar ideal para disfrutar de unas fiestas patronales, combatiendo el calor a orillas del río Ésera, un punto clave del turismo activo. Unos y otros, igual que los nativos, disfrutamos también de la gastronomía del pueblo en bares donde la calidad y la variedad de las tapas es una constante junto con un ambiente social animado que permite compartir buenos momentos del día.
Además, al disponer de un restaurante a pie de carretera que sube al valle de Benasque, con una propuesta de cocina tradicional de la comarca de la Ribagorza, hace que siempre se vea gente de paso. En su mayoría se trata de personas amantes de la montaña que buscan la conexión profunda con la naturaleza.
En pocos días, este final de mes nos traerá una especie de “resaca emocional”, con una mezcla de nostalgia y de vacío. La euforia colectiva que hemos vivido en el pueblo se apagará y dará paso a un silencio que se reflejará cuando muchas de las personas que pasamos aquí este periodo de tiempo volvamos de regreso a nuestras rutinas habituales.
Yo empiezo a prepararme para este cambio, aprovechando al máximo la tregua que el clima nos está dando al poder disfrutar de ese paraíso amable de un pueblo de montaña con las tormentas habituales en estas fechas.

Las lluvias que van llegando parecen querer castigar el exceso de un verano tórrido con incendios en zonas cercanas que han sido sofocados por varios helicópteros que transportaban agua.
Quiero aprovechar para despedirme de este entorno que tanto me aporta a través de: caminatas al lado del río, ya sea por senderos o por la carretera; paseos por el pueblo, empapándome, cada vez que paso delante de las casas de esa gente que ya no está, de las voces del pasado y de sus historias…
Deseo decir adiós a Campo, abrazando ese personaje vivo que es la naturaleza, ese refugio de paz que convierte el paisaje en un espejo de los sentimientos humanos.
Que mejor que poner el broche de oro a esta crónica con una cita del gran escritor y paisajista Azorín: “Vivir es volver” que sugiere que la existencia es un proceso circular de reencuentro con la esencia propia, un eterno retorno hacia lo que verdaderamente somos.



