Pocos sabemos con certeza hacia dónde vamos. Quizá nadie lo sabe. Reconocer esa incertidumbre eterna nos otorga humildad. Solemos pensar que conocemos con seguridad nuestro origen, ese lugar del que venimos, el punto de partida de nuestra historia. Por ahí pasaron supuestamente nuestros ancestros. Si sabemos quienes son, los caminos que pisaron, sabremos de dónde venimos. Eso sería una afirmación quasi científica si las personas fuéramos solo una cosa. Y si nuestros antepasados hubiesen sido, a su vez, unidades estáticas sin muchas más pertenencias, vidas y experiencias que ese lugar que habitaron. Localizar los restos de mi bisabuelo fusilado después de la Guerra Civil, durante la dictadura franquista, y enterrado en una fosa común en Barbastro, me ha enseñado que el origen es mucho más complejo e igual de importante que el lugar al que nos dirigimos.
Mi bisabuelo era molinero. Por lo poco que sabemos en mi familia, habría trabajado cerca del pueblo de Chalamera, en un molino de harina. En ese mismo molino nació mi abuelo. Todos ellos estuvieron vinculados a esa agua que fluía por los canales y engranajes del molino y que les mantuvo con vida gracias al sustento que sacaban de ese poder transformador de este líquido elemento. El agua de ese molino fluyó hasta mi cuerpo y llegó cargada del poder del olvido. No trajo consigo apenas recuerdos de los eventos trágicos que llevaron a mi abuelo a abandonar el Somontano cuando era muy joven y trasladarse a Barcelona. Después del fusilamiento de mi bisabuelo, mi bisabuela viuda y sus cuatro hijos quedaron marcados para siempre bajo la mirada del régimen. Huyendo de esa oscuridad, mi abuelo acabó en Barcelona buscando algún tipo de sentimiento de libertad, imagino. Se casó, nació mi padre y así consiguió iniciar un nuevo capítulo lejos de sus raíces.
Los ríos fluyen en una sola dirección. Sin salir de su cauce, recorren el camino hasta llegar a su final, sin mirar atrás, sin cambiar de dirección, sin dudar. Cuando el agua deja de fluir, cuando ya no queda conducto por recorrer, se funde con el todo, ahí lejos del lugar en el que nació. Llegar a ese punto de confluencia y pertenencia con el final que la naturaleza tiene planeado para nosotros es prácticamente imposible de conseguir en paz, si uno se ve forzado a seguir mirando atrás, en búsqueda de la historia que nunca le contaron sobre la muerte injusta de un bisabuelo que quizá podría haber conocido si Franco no hubiese ordenado eliminar al enemigo, después de su victoria, en abril de 1939. Ese molino en Chalamera y el agua que lo alimentaba solo empezó a tener valor para mí cuando, espontáneamente, un día empecé a hacerme preguntas para deshacer el camino recorrido por mi bisabuelo y el silencio que rodeaba ese episodio tan trágico de nuestra historia familiar. Gracias a mi empeño por desenterrar la memoria de mi bisabuelo descubrí que, en realidad, los ríos pueden fluir en muchas direcciones.
Colgada y expuesta a los elementos en la Via Ferrata de Olvena en compañía de mi prima aragonesa y también biznieta de ese molinero a quién le quitaron la vida por su ideología, pienso en todas las vueltas que he dado para llegar hasta aquí, hasta las montañas de mis antepasados, un fin de semana del mes de noviembre. Ese origen que no tiene nombre, que no entiende de bandos ni de ideologías políticas lo encarna la libertad de la naturaleza. Es el lugar que nos ofrece el espacio para que hagamos algo de provecho con el poder de existir que se nos ha regalado y que nos enseña a tratar a todo lo que nos rodea con respeto. El río Ésera nos acompaña a mi prima y a mí durante todo el ascenso. A medida que vamos avanzando y nos alejamos del inicio del recorrido, el río se empequeñece por la distancia. Pero está siempre ahí, en movimiento, sin pausa. El agua fluye y se aleja, mientras nosotras trepamos las inamovibles rocas y montañas que llevan hasta el pueblo de Olvena. Nuestro bisabuelo estaría orgulloso de nosotras, pienso. La búsqueda de su recuerdo nos trajo de vuelta a ese origen que con su fusilamiento se convirtió en un punto de partida para mi abuelo, más que en un lugar para permanecer.
A mí, la vida me llevó aún más lejos. Antes de pasar por el Reino Unido y acabar en el archipiélago canario, al lado del océano, pasé más de una década trabajando en Asia, En ese otro continente, entendí que la vida se puede ver de maneras muy diferentes y que al final no hay nadie en el mundo que tenga razón en nada más que en la verdad que forja cada uno para sí mismo. También aprendí que no existe nada parecido al saber superior, al ser más listo o más civilizado que el otro. Desde esa nueva perspectiva lejos de Barbastro, de Barcelona y de occidente comprendí que todo era mucho más simple: el mundo se divide entre los que existen dignamente y los que no. La clave está en saber convivir con esa relatividad, esa diferencia y esa escalofriante incertidumbre en constante movimiento. En ese respeto reside el valor de un pueblo verdaderamente democrático. Ese pueblo que es capaz de cuidar del otro, con tolerancia, creando un espacio para la dignidad de todos y cada uno de nosotros al margen de cuáles sean nuestras creencias y las inclinaciones políticas de las instituciones que lo regulan.
En España existe un río que no hace más que fluir en direcciones opuestas, constantemente. Toma la forma de una democracia que parece no saber muy bien hacia dónde va. Una democracia que necesitó 47 años después de la muerte de Franco para formalizar una Ley de la Memoria Democrática que no fue aprobada hasta el año 2022 y que ha sido recientemente derogada en la Comunidad Autónoma de Aragón. Una democracia y un pueblo que tolera que en función de qué bando se encuentre en el poder, nos puedan dar y quitar el derecho de enterrar a nuestros familiares represaliados durante el franquismo y reparar su dignidad. Es en definitiva una democracia incivilizada que permite que caminemos por encima de centenares de fosas comunes repartidas por España mientras es incapaz de encontrar el coraje necesario para emprender iniciativas que aporten mecanismos de reparación lo suficientemente fuertes y asentados para que no estén al servicio del partido político de turno.
Hacer de río, avanzar sin mirar atrás… las instituciones españolas pensaron que esa era la manera de superar ese pasado oscuro. En definitiva, olvidar. Un planteamiento como este ignora arrogantemente las leyes de la naturaleza. El río fluirá hacia adelante, pero el agua llevará siempre consigo todo lo que va arrastrando a su paso. Ese arrastrar es lo que la vincula el río a su origen de una manera tan fuerte que cuando se funde con el todo, el todo también se mezcla con ese potente principio, sus historias, sus alegrías, sus penas… ese es el poderoso recuerdo de ese punto de partida que dio lugar a una vida. Desde ese otro lugar, el río continua su búsqueda, incesante y con la misma libertad con la que yo puedo darle hoy voz a mi bisabuelo. Desde esas montañas, aferradas con nuestros arneses a las líneas de vida que nos aseguran en las alturas, miro a mi prima y miro al río Ésera y me doy cuenta de cómo la misma democracia que nos vio nacer y que nos dio las libertades que mi bisabuelo y abuelo no tuvieron, nos condujo a olvidar de que ahí, en las tierras del Somontano, empezó todo.


