Hasta el día 24 de mayo puede visitarse esta muestra en la UNED de Barbastro.
Hace ya unos años que BFoto paso a mejor vida, aunque algunos todavía tenemos sueños húmedos por las noches. Fantaseamos con pareces blancas recién pintadas que esperan fotografías, con convocatorias enviadas a todos los continentes, con obispos inaugurando exposiciones en Barbastro, cuna de fundadores de sectas, del tomate de ídem e, incluso, de ese festival del que usted me habla. A ver, tampoco pasa todas las noches, pero cuando pasa, se levanta uno con ganas de invadir Polonia, de escribirle el penúltimo mensaje a Uma Thurman, de decir que el último premio nacional, pues bueno, que no es para tanto.
El psiquiatra nos ha prescrito hacer alguna exposición cuanto antes, so pena de caer en el costumbrismo y hacer algún concurso de fotografía de barrio de los que dan el premio tras el concurso de tortillas de patatas. Nos dijo:
tenéis que hacer una expo to guapa, con pies de foto e inauguración. Si puede ser, ponéis también un grupo de jazz y un camarero de esos que abren ostras en las bodas, pero si no llega para todo, con música enlatada y frutos secos con vino blanco igual sería. Y si llegase para drones de noche de esos que escriben en el cielo VANPIRO ESITEN o EMOSIDO ENGAÑADO, fetén. Lo importante son las fotos, a ver si os pasa la regresión esa y os puedo quitar la medicación.
Pues tiene razón y había que hacerle caso, más que nada por comprobar si esto tenía cura o se cronificaba. Y es que a veces se hacen expos como se fabrican tornillos, de uno en uno y todos iguales. Otras, parece que si no terminas levitando es porque eres un insensible con dudoso gusto estético. Y luego hay expos como esta, que no hay por dónde cogerla, toda despeinada y reptiliana, bella como el encuentro fortuito de un paraguas con una máquina de coser en una mesa de disección.
Para participar hacía falta cierta predisposición al juego, a la ruptura normativa y al desmadejamiento moral. Refractarios a esa asociación entre talento y éxito que rige el mundo cultural, lo importante sería querer jugar sin saber las normas. Y la expo, macguffin. La historia nacería analógica y terminaría digital, como casi todo. Y de aquellos rollos, estas fotos. Entre tanto ha habido un proceso en el que ni los creadores sabían qué iban a exponer ni los comisarios qué se iban a encontrar, dejando que el azar, la imagen latente y cierta esperanza de narración coexistieran. Hubo algunas dudas y desconfianza por ambas partes, como en las partidas de póquer, pero también ganas de asumir riesgos y cierto anhelo de extravagancia.
Al final hay una muestra en la que el relato lo hace, más que nunca, el espectador. Donde las líneas se pueden juntar o vagar eternamente sin mayor pretensión. Un espacio en el que los espacios fuera de campo, en su amplia dimensión, cuentan sin ser invocados y los pies de foto pueden descubrir, repeler, sobornar o acompañar, según sea la predisposición de quién mira. Y queda la pregunta de qué hubiera pasado si con esas mismas mimbres se hubiera intentado hacer una cesta y no un vasija como esta, que no se puede llenar, pero flota. Como un guante de mercurio.
A ver si te pasas, que ver fotos lelas en instagram es divertido, pero en las expos se conoce más gente.


