A veces uno no encuentra las palabras para expresar todo lo que siente. Es un problema para los que nos dedicamos a escribir. Frustrarse con el mundo es nuestra condena. Esa es la ironía con la que estoy lidiando ahora mismo mientras intento dar forma a este artículo que tendría que ser el primero de una colección de escritos para esta publicación que reflexionen sobre la democracia, la humanidad y las libertades, con motivo del cincuenta aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco y del inicio de la transición democrática en España. Idealmente, lo suyo hubiese sido lanzar la sección para conmemorar otro aniversario, el del fin de la Guerra Civil española, el 1 de abril de 1939. Ese también fue el día en que mi bisabuelo fue detenido en Barbastro, cuando Franco ordenó eliminar al enemigo para cementar su victoria y fusilado seis meses después. Pero para esa marcada fecha también llego tarde.
Abrumada por las noticias en la prensa europea que resaltan los incrementos de los presupuestos de defensa, kits de supervivencia ante hipotéticas situaciones catastróficas. Especulaciones sobre el cómo estar preparado para una eventual situación guerra y la posibilidad de retomar políticas ya abandonadas en nombre del progreso, la democracia y el humanismo como el servicio militar obligatorio, frustran y le quitan a una las ganas de escribir. ¿En qué mundo hemos estado todos estos años? ¿Qué ha pasado con todas esas historias que nos contaron sobre la paz y el ‘fin de la historia’? ¿Qué se hizo de esa Europa abierta y comunitaria de los años 90 que nos vendieron a los jóvenes europeos de mi generación? Es inevitable preguntarse cómo puede ser que todos estos debates y argumentos belicosos que encontramos hoy en la prensa formen parte de nuestras vidas de una manera tan frívola. Especialmente cuando muchas terceras generaciones como yo todavía no hemos conseguido reabrir las fosas comunes donde yacen los restos de nuestros ancestros. No hemos llegado a ningún sitio, aunque nos intentaron convencer de lo contrario.
Este fin de semana y llegando considerablemente tarde a mi fecha de entrega, me encontré con una conversación publicada en la edición digital del periódico británico, The Guardian, que me ayudó a comprender la asfixia que se estaba apoderando de mi. En ella Philippe Sands, abogado y escritor que estuvo vinculado a los intentos de extradición del dictador Chileno, Augusto Pinochet, y su amigo, el novelista Colombiano, Juan Gabriel Vásquez, se reúnen para reflexionar sobre los límites de la ley y el potencial del arte cuando se escarba el pasado. Una conversación con la que me sentí identificada. Gabriel Vásquez nació en 1973, mientras en España estábamos a punto de librarnos de nuestro dictador, en Chile, Pinochet se hacía con el poder. Un momento que el escritor califica del evento más influyente de su vida en la historia de Sur América: “Como novelista, tenía que contarlo”, le explica a su amigo Sands. Para Gabriel Vásquez la cadena de eventos que precedieron la llegada al poder de Pinochet fue clara y nada fue resultado del azar.
Después de la revolución de Cuba en 1959, el depuesto presidente Chileno Salvador Allende encarnaba la esperanza de la social democracia en Chile, y la dictadura de Pinochet fue una reacción a esa cosmovisión más liberal que estaba emergiendo. “Lo recuerdo como si acabara de pasar antes de ayer: todo esto es parte del mismo mundo en el que vivimos hoy en día”, refiriéndose a los debates políticos en los que se ve sumido el actual presidente de la República de Chile, Gabriel Boric, quién ganó las elecciones contra un defensor de Pinochet.
“Los fantasmas están vivos”, asegura Gabriel Vásquez. Una situación eterna que el escritor define como la “repetitiva rueda” de la vida política de America Latina, imposible de abandonar: “Parece que nunca somos capaces de reiniciar la vida política del continente. Vivimos bajo ideas y emociones producidas por las ideas que han sido válidas durante 50 o 60 años. Somos herederos directos de ese mundo.” Gabriel Vásquez tiene razón, somos herederos de ese mundo, pero no solo en America Latina. En todas partes, lo somos todos. Y en Europa y occidente me atrevería a decir que lo somos todavía más porque durante muchos años nos intentaron convencer de lo contrario, y nos lo creímos.
En España, por ejemplo, generaciones como la mía fuimos de los primeros en gozar de las plenas libertades democráticas pero vivimos atragantados con las injusticias que no han dejado de cesar nunca en el mundo, acompañado de una constante sensación de tomadura de pelo por parte de las instituciones democráticas occidentales, particularmente por Europa. Ese viejo continente que acumula siglos de historia pretendiendo ir por el mundo de salvador mientras hace y deshace a su antojo. Creando instituciones teóricamente de paz y humanidad como la Unión Europea, que son lideradas por dirigentes que después no tienen ningún problema en dinamitar esos valores humanistas fundacionales con mensajes beligerantes que nos trasladan a la retórica de antes de la Segunda Guerra Mundial, en Europa, y a los inicios de la Guerra Civil, antes del 1936, en España.
Un insulto para todos aquellos que pagaron con sus vidas el precio de emanciparse ideológicamente con valores liberales que ponían en duda la opresión que acompañaba algunas prácticas de la bien establecida tradición y los fascismos que se expandían por el continente.
No es la primera vez que, desgraciadamente, las democracias nos decepcionan y que sus líderes manipulan esos mismos valores a su antojo. En España lo conocemos bien, con el inicio de la Guerra Civil, esa misma Europa democrática permitió que el golpe de estado militar liderado por Franco destruyera las instituciones democráticas y republicanas españolas y se abstuvo de apoyar los valores humanistas con un pacto de no intervención. La realidad les dio de bruces en la cara cuando esa misma lucha que se estaba fraguando en España se expandió por el mundo, en 1940, poco después del fin de la guerra civil.
Decepcionarse con el mundo ha sido por excelencia el oxigeno de los artistas-activistas que durante generaciones han alzado la voz para expresar la asfixia que sentían al no poder procesar las injusticias que les rodeaban. Particularmente, las injusticias perpetradas por el poder autoritario. Otros usaron el arte como vía de escape para sobrevivir los abusos a los que ellos mismos fueron sometidos. El dibujante de cine de animación Hayao Miyasaki de 84 años de edad, fundó el estudio Ghibli en 1985 en Tokyo con la esperanza de encontrar en su arte una manera de convivir con una realidad que se le atragantaba. Sobre todo, quería asegurarse que gracias a sus historias animadas los niños crecían sin perder la esperanza y podían confiar en la ilusión de que les esperaba un futuro bonito. Especialmente, cuando tuvieran la sensación de que el mundo sucumbía de nuevo a una oscuridad que se pensaba superada en lo que el nuevo orden mundial había etiquetado como democracias liberales modernas y civilizadas.
La principal diferencia entre el mundo de antes y el de ahora es el papel que las redes sociales y las nuevas tecnologías juegan en esa labor de hipnotizar al mundo. “Las redes sociales no son herramientas de libertad, sino instrumentos de vigilancia que nos explotan mientras creemos que nos expresamos”, resalta el filósofo sur coreano, Byung-Chul Han. El propio estudio Ghibli y el arte no bélico y pro-ambientalista de Miyasaki han sido estos días el epicentro de esa embriaguez a la que nos sometieron con el fin de que convertirnos en sociedades rebaño totalmente incapaces de entender las consecuencias que la homogeneidad estaba causando en nuestras mentes teóricamente independientes. Somos todos responsables.
Durante una semana, las redes sociales se plagaron de imágenes idénticas al estilo Ghibli generadas por la nueva iteración del Chat GPT de Open AI. Sin haber solicitado permiso a su autor y rompiendo todas las normas éticas y morales detrás de la creación artística, esta popular herramienta consiguió que usuarios de todo el mundo traicionaran los valores detrás del estilo de Miyasaki y el mensaje universal humanista de sus cintas de animación. Antes de que fuera víctima de este fatídico expolio de su obra alimentado por la sociedad civil global, el artista japonés calificó la inteligencia artificial de “un insulto a la misma vida” después de ver, por primera vez, una animación generada por IA: “Me parece repugnante. Nunca quisiera incorporar esta tecnología en mi trabajo, de ninguna manera.”
Según informa la agencia de noticias Reuters, la media de usuarios activos semanales superó los 150 millones por primera vez este año, citando datos proporcionados por la empresa Similarweb. Llegando a añadir un millón de usuario en una hora, según publicó el CEO de OpenAI, Sam Altman en la red social X, comparándolo con el mismo número de usuarios que tardó cinco días en acumular cuando se lanzó ChatGPT hace más de dos años. Entre los orgullosos usuarios de las animaciones generadas por IA del estudio Ghibli está el propio ejército de Israel, que se unió a la viral moda de Instagram para alimentar la propaganda a favor de sus soldados, en medio de la crisis humanitaria perpetrada por su constante ofensiva contra Gaza.
La activista y artista Nina Simone contaba en una de sus más aclamadas entrevistas como ella elige reflexionar sobre los momentos y situaciones en los que se encuentra porque ese es su deber: “Le daremos forma y moldearemos este país o ya no será moldeado nunca más en ningún caso. No creo que tengas ninguna elección. ¿Cómo puedes ser un artista y no reflexionar sobre el tiempo actual? Esto para mí es la definición de un artista”, sentenciaba Simone.
A menudo pienso que ninguno de mis antepasados represaliados pudo elegir la vida que les tocó. ¿Hasta qué punto eligieron poner su integridad física para ser fieles a su valores? O simplemente ni consideraron la alternativa porque mantenerse fieles a sí mismo era la única opción posible para ellos. Esa fue su vida. Una vida de artista sin ninguna obra creativa más que las elecciones que forjaron para sí mismos. “El arte no puede separarse de su función social. En la tradición china, el científico es un artista, un académico, un pensador”, afirmaba el artista activista chino, Ai Weiwei, quién reside ahora en Portugal al exiliarse después de cumplir condena en China por su reivindicativa obra.
Durante su intensa conversación, Gabriel Vásquez y Sands mencionan una carta del escritor ruso Anton Chekhov, respondiendo a unas críticas que había recibido por la falta de posicionamiento político en sus historias. Explican que para Chekov, ese debate era confundir dos dimensiones de la misma realidad: “responder a las preguntas y formularlas de forma correcta. Solo esta última es el objetivo del artista”. Y según Gabriel Vásquez es la Ley quien se tiene que encargar de encontrar estas respuestas.
Con la ayuda de la sociedad civil de todo el mundo, consiguió OpenAI poner en práctica una de las radicales reflexiones de la filosofa francesa Simone de Beauvoir al afirmar que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos,” y demostrarnos que con ChatGPT la inteligencia artificial se reafirma en este cambio de paradigma absoluto que nos están imponiendo sobre como las personas perciben su propia humanidad y lo que conlleva la dignidad. Y sobre todo, el lugar que el arte, la creatividad y la imaginación ocupan como denuncia. “Si hacen esto, no necesitaremos seres humanos”, sentenció Myasaki refiriéndose a la IA en su día.
Hay que hacerse preguntas y reflexionar. ¿Qué pasa cuando se le pregunta a Chat GPT y es la inteligencia artificial la que responde? ¿Qué lugar ocupamos nosotros como seres humanos en ese momento? ¿Y al cruzar esa línea y aceptar este nuevo paradigma de vida, a qué lugar estamos relegando a nuestros antepasados y a todas las personas que hoy en día siguen entre rejas o son perseguidas por su voluntad de reflexión y de plantear preguntas sobre su inconformidad con la realidad que les habían impuesto a ellos y a la sociedad?
Artículo The Guardian
Reuters:


