Pedro Solana (profesor de esquí). Nunca me ha gustado lanzar «las campanas al vuelo» en mis expectativas de directivo en un Club de montaña , y menos antes de emprender una actividad que entrañe algún riesgo. Como todos los años, el mes de enero me enfrenta al
reto de seguir con mi compromiso renovado por enésima vez en busca de un claro objetivo: Promocionar el Esquí de Travesía. Es en este Curso de Iniciación, del que ya he perdido la cuenta de sus ediciones (pero que no se alejan de las 25) donde sin duda he vivido los mejores y los peores momentos, todos plenos de sensaciones intensas, en mi dilatada trayectoria montañera.
Fue allá, al final de la década de los 70, cuando descubrí esta faceta del montañismo, «La otra dimensión del Esquí», es como la denominaba en un eslogan federativo, y fue de la mano de personas como Paco Lacau o Javier Escartín (qupd), sempiternos maestros y valedores, por quienes pronto nos dejamos deslumbrar dado que su empuje y valentía nos hizo sentir herederos de esa misión que tiene que ver más con el voluntariado generoso que con la vivencia subjetiva.
Tanto desahogo de sensaciones a veces arriesgadas no podían quedar adscritas a una percepción estrictamente personal. De alguna manera, los que hemos tenido la suerte de adentrarnos en el montañismo invernal puro y duro, hemos
jurado ante nosotros mismos y nuestro Club que todo aquel que se deje aconsejar y guiar participará, como nosotros , en la apetencia tentadora de libar el néctar más puro de la aventura, de vivir la experiencia más blanca y sagrada, envuelta siempre en un frío decorado, que a eso del atardecer asusta ante la sola sospecha de qué ocurrirá en cuanto el sol se esconda tras las agrestes siluetas rocosas que nos envuelven para disponernos a un silencioso vivac de los que hace pocos años acostumbrábamos a realizar en las postrimerías del curso.
Año tras año, siento cómo se acercan estos tres fines de semana claves, necesito acudir a los eternos colaboradores radiofónicos para, como os decía, sin vender la piel del oso antes de cazarlo, ofrecer a los potenciales interesados esta cita con los esquís y las pieles de foca, elementos clave que nos ayudarán a subir y bajar laderas sin sufrir la profundidad de una huella que solo trazada con las piernas limitaría nuestro acceso al «reino de las tinieblas», antaño accesible casi exclusivamente para los aguerridos pioneros de las ascensiones invernales.
Quisiera con estos recuerdos reflejados en palabras contar la intrahistoria vivida por mi persona en medio de un grupo recién formado, casi exclusivamente, para sentir la experiencia descarnada de unos jóvenes y sus instructores que , tras muchas horas compartidas, puedo ahora mismo proclamar en voz alta que además de conocerse, han estrechado unos lazos más
allá de la amistad, se han hecho cómplices, igualados todos en edad y aptitudes para saber vivir tanto la gestión del riesgo como el disfrute del esquí más salvajemente virgen.


