El nombre de la tienda Corona (Marisa y Gemma), sita en la calle Corona de Aragón, debe su nombre a la palabra latina corōna (corona, guirnalda, premio, recompensa).
Como bien sabemos, una corona de siempre ha sido un atributo que define a la realeza, hasta en el juego del ajedrez. Hablemos, pues, de lo que era en la Antigüedad.
Con una corona de laurel o de olivo se coronaba a los vencedores en los Juegos Olímpicos en la Grecia antigua, a los vencedores en competiciones musicales (como el caso de Nerón), o a los vencedores en las carreras en el circo, o a los generales victoriosos (en el caso de Julio César la llevaba de forma permanente para ocultar su calvicie).
En la antigua Grecia la ciudad de Esparta tuvo un sistema de gobierno único en aquellos tiempos: una diarquía o monarquía doble, (según Aristóteles un generalato de carácter hereditario y vitalicio), perteneciente a dos familias reales. El hecho de que fuese hereditaria no implicaba una monarquía en sí.
Diremos así mismo que la palabra tirano, que ahora presenta connotaciones negativas, proviene del lat. tyrannus, y este del gr. τύραννος týrannos “rey soberano”. En la antigua Grecia fue un sistema de gobierno de carácter legislador, que concentraba el poder en una sola persona, que normalmente conseguía por medio de la fuerza y el engaño. Pese a que no fueron bien vistos, hubo tiranos apoyados por el pueblo que con sus leyes acabaron con el poder de la aristocracia. Esto conllevó algún que otro tiranicidio, como el de Hiparco por parte de Aristogitón y Harmodio.

Una triste anécdota histórica: Según nos cuenta el historiador romano Tito Livio, Sextus Tarquinius (Sexto Tarquinio), hijo del rey Tarquinius Superbus (Tarquinio el Soberbio) se aprovechó de la amistad que tenía su familia con la de la noble y virtuosa Lucrecia, esposa de Colatino, para pedirle hospitalidad mientras su esposo estaba en la guerra, colarse de noche en su habitación y forzarla. La noble mujer convocó a todos sus familiares y amigos masculinos y se suicidó a la vista de todo el pueblo, lo que precipitó la expulsión de la familia real y la instauración de la República romana (509 a. C.).

Como otra curiosa anécdota, diremos también que el mismo Julio César rechazó hasta tres veces una diadema, rodeada de una corona de laurel, que le ofrecía su lugarteniente Marco Antonio durante la festividad de las Lupercalia (posteriormente ordenó que fuese llevada al Capitolio), ya que no quería aparecer como un Rex, de mal recuerdo, aunque en el fondo se hizo nombrar por parte del Senado Dictator perpetuus, lo que suponía tener concentrados en su persona todos los poderes de forma permanente, aspecto que le costaría la muerte, a manos de un grupo de senadores descontentos, en un complot en el que también estaba implicado su hijo Bruto.
Hablemos ahora de un famoso dinosaurio, el Tyrannosaurus rex (del griego latinizado tyrannus “rey”, saurus “lagarto”, y el latín rex, “rey”, es decir, “lagarto rey”), es la única especie conocida del género fósil Tyrannosaurus, que vivió a finales del período Cretácico, hace aproximadamente unos 65 millones de años, en el Maastrichtiense, en lo que es hoy América del Norte. Es de los últimos dinosaurios no avianos (sin plumas) que hubo antes de la extinción masiva de estos animales. Como otros tiranosáuridos, el T. rex, como suele abreviarse su nombre (igual que el del grupo de música glam de los años 70 T. REX, liderado por Marc Bolan), fue un carnívoro bípedo con un enorme cráneo equilibrado por una cola larga y pesada.




