Cuando te permites parar y sentir es cuando se abre ante ti un campo infinito de posibilidades.
¿Por qué nos cuesta tanto sentir? Porque nos hemos desconectado del niño que fuimos, de nuestras emociones para no sentir dolor. Es así como poco a poco vamos anestesiando nuestro corazón, vamos robotizándonos en un intento de no tomar contacto con aquellas heridas que, aunque tapadas, siguen llamando nuestra atención a través del síntoma. Éste puede manifestarse como una ansiedad, depresión, molestia, dolor, enfermedad… Se nos olvida que para curarnos, antes debemos curar nuestra alma y para ello se requiere valentía para adentrarnos en las profundidades de nuestro interior, constancia y compromiso.
No tengas miedo y comienza a sentir. ¿Cómo? Date permiso para hacer las cosas de manera diferente, ves rompiendo viejos hábitos o rutinas, por pequeños que sean: mójate bajo la lluvia, ves en bici o camina para saborear la belleza de cada rincón de tu trayecto diario que las prisas no te dejan observar. No te tomes la vida tan en serio como para no poder disfrutarla, juega, arriésgate, sal a la naturaleza, deja que ésta limpie tus preocupaciones y serene tu mente, ámate cada día un poco más. Date espacios para conectar con el niño que fuiste, realiza lo que en aquel entonces te producía felicidad, vive el momento… Esa es la llave para encontrar el camino de regreso a ti.




