Llevo años viviendo entre cofradías. Sintiendo lo que es el mundo cofrade, pero cada año descubro algo nuevo de la Semana Santa pues le observo con una mirada limpia y pura. Mi fe no es de certezas, sino de emociones que vuelven cuando suena una marcha o el aire huele a incienso. Tal vez creer sea eso: reconocer que algo nos sobrepasa, aunque no sepamos ponerle nombre ni explicarlo.
Soy creyente, pero lo que más me conmueve de la Semana Santa no es el dogma, sino el gesto: la fuerza de quien carga, aquel que llora, el silencio que nos acompaña. En esas calles llenas de redobles y cansancio hay una fe encarnada, más huamana que perfecta. Y quizá ahí, en ese cansancio y esfuerzo colectivo, esté el verdadero significado de creer.
Cada año, cuando se acerca la Semana Santa, siempre surge la misma pregunta: “¿Qué sentís al procesionar? ¿Por qué lo hacéis?”
Y, sinceramente, nunca sé responder del todo. Podría hablar de tradición, de promesas, de familia, de fe… Pero ninguna de esas palabras es la respuesta. Porque lo que siento ahí, lo que se siente (en la calle, bajo el paso, con el incienso colándose en la garganta) no cabe en una única definición. Es una mezcla de entrega, de orgullo, de cansancio, de oración muda. Es como si, por unas horas, el cuerpo creyera por nosotros lo que la mente no sabe explicar. Ese momento mágico en el que el cuerpo se cansa pero la mente descansa.
Antes de comprender su sentido, uno la siente. El redoble del tambor, el baile de los pasos, la cera derritiéndose, el silencio colectivo… Todo eso expresa algo que va más allá de la razón. Hay quien piensa que creer es tener respuestas, pero quizá la fe se parezca más a la admiración: a no entenderlo todo, pero dejarse llevar por lo que ocurre.
Muchos de los que crecimos en la tradición ya no sabemos cómo relacionarnos con ella. Algunos se apartan, otros la reinterpretan y otros, simplemente, la viven en silencio. Yo la miro como quien contempla un cuadro antiguo, algo histórico e irremplazable y, sin embargo, siente que le está hablando de hoy. Porque, en medio de tanto ruido unido, cuando sonamos todos juntos, todos a una, la Semana Santa aún nos enseña a mirar despacio, a escuchar, a percibir el más mínimo detalle, a recordar que hay misterios que no necesitan explicación.
La Semana Santa me recuerda que la fe no es solo una idea, sino una presencia, que puede estar en el ruido del tambor tanto como en el silencio que queda después. Y que creer, al fin y al cabo, es seguir saliendo a la calle cada año para mirar con asombro lo que nunca deja de conmovernos.
No esperemos a la despedida. La urgencia de amar mientras la vida sucede




