Nuestros hijos vienen a engrandecer nuestros procesos vitales, no a empequeñecerlos. Sin embargo hay veces que la maternidad pesa.
Pesa cuando de manera inconsciente reproducimos programas de culpa, soledad, abandono… presentes en nuestro árbol transgeneracional.
Pesa cuando sentimos que llevamos toda la responsabilidad sobre nuestros hombros y no hay equilibrio.
Pesa cuando se adueña de nuestro corazón el miedo y hacemos del control nuestro escudo protector, volviéndonos madres controladoras que no dan libertad a sus hijos por temor.
Pesa cuando somos madres niñas encerradas en cuerpos adultos que aún dependen emocionalmente de sus progenitores, que necesitan su aprobación y consejo.
Madres que arrastran heridas de la infancia que todavía sangran y no se atreven a mirar; madres sobreprotegidas, desconectadas de su poder como mujer y de su sabiduría innata; madres cuyo enfado con papá no han solucionado y vuelcan inconscientemente su rabia hacia la pareja con todo el sufrimiento que ello provoca en los niños.
La maternidad pesa cuando no respetamos nuestros ritmos, nuestro descanso y no nos cuidamos ni amamos.
Pesa cuando no cuestionamos nuestras creencias sobre lo que es una buena madre y actuamos desde el juicio, desde lo que consideramos que haría una buena madre experimentando culpa cada vez que nos alejamos de ese modelo de perfección irreal que habita en nuestra mente y acaba convirtiéndose en nuestro peor enemigo.
Pesa cuando no nos damos permiso para ser nosotras mismas en todas nuestras facetas. Somos madres pero también amigas, hermanas, mujeres, almas llenas de luz dentro de un cuerpo físico…
En tu cuidado hacia los demás no te olvides de ti, de lo contrario te habrás perdido. Cuando nos perdemos es fácil que la soledad, insatisfacción, el enfado, la culpa se instalen en tu interior. SOLEDAD porque ya no te habitas y nadie salvo tú puede llenar el vacío que sientes en tu interior. INSATISFACCIÓN porque no te estás dando permiso para ser y hacer todo lo que tu alma te susurra. ENFADO porque no tomas contacto con tus necesidades y con tus emociones. Tiendes a reprimirlas, por ello se apoderan bruscamente de ti y reaccionas con virulencia ante aquellos que más quieres con la consiguiente CULPA, impotencia, sentimientos de ser una mala madre, pérdida de energía…
No dejes que esta espiral tóxica se apodere de ti. Suelta el miedo a adentrarte en tu interior, vence las resistencias que tratarán de desviarte del camino hacia tu sanación. Todos queremos sanar pero solo unos pocos están dispuestos a dar los pasos necesarios con compromiso y constancia. Toma la mano de la niña que fuiste, ella te mostrará sus heridas emocionales (que son las tuyas) y gracias a ella irás recuperando tu poder.
Es así como LA MATERNIDAD, lejos de ser una carga que conlleva sacrificio, ES UNA GRAN MAESTRA CAPAZ DE TRAER LA PRIMAVERA A NUESTRA VIDA Y HACERNOS FLORECER.

