Qué diferente hubiera sido la vida de muchas personas si hubiésemos crecido escuchando la frase de: “tienes que ser más bueno contigo”. Sin embargo, crecimos con frases como: sé bueno, obedece, no molestes… estos mandatos fueron formando parte de nuestra programación y, lamentablemente, a día de hoy sigue condicionando nuestra conducta. El problema ocurre cuando nos identificamos con el papel del bueno, adoptando el rol del salvador, el complaciente, el que está pendiente de las necesidades de todos menos de las propias. El drama está en que nos hemos creído que somos el personaje o la máscara con la que nos protegimos de niños en busca de mirada, aprobación y amor de nuestros padres.
El origen de esta conducta se encuentra muchas veces en una inversión de roles durante la infancia en la que el niño asume el rol de sus progenitores, haciendo de padres de sus padres. Esto puede observarse a través de diferentes conductas como: ser el mediador en los conflictos entre mamá y papá, cuidarles emocionalmente, hacer de psicólogo con ellos; asumir responsabilidades que no les corresponde como el cuidado de la casa, los hermanos… Colaborar es positivo cuando somos niños pero eso es diferente a asumir el peso de la responsabilidad de los adultos.
A esto se le conoce como parentificación y tiene consecuencias negativas. El niño parentificado siente que solo se le presta atención cuando es bueno, obediente, complaciente, responsable…por ello en su vida adulta sigue actuando bajo el yugo de lo aprendido, dando a los demás el cuidado y atención que realmente necesita, aún a costa de él. Ello genera baja autoestima y enfado, mucho enfado que tiende a implotar, es decir, a reprimir y tragar, atrayendo a su vida a personas iracundas, que resuenan con la ira que vibra en su interior pendiente de liberar. En estos casos es necesario hacer un trabajo terapéutico para que la persona conecte de nuevo con su cuerpo y sus emociones ya que se mueve desde lo correcto y socialmente aceptable, pero no desde su verdadero sentir.
Es necesario dar voz al niño o niña que habita en su interior y acompañarle para que pueda sentir y expresar su enfado, del que ha estado disociado durante años. Es precisamente este enfado el que necesita sentir para aprender a poner límites y establecer relaciones sanas basadas en un equilibrio entre el dar y el recibir.
Solo desde el trabajo interior con uno mismo podemos ir ordenándonos, sanando así el sentimiento de falta de merecimiento y de poco valor. Cuando somos capaces de ocupar el lugar que nos corresponde como hijos podemos tomar nuestro lugar como padres. Las crisis y los conflictos familiares en el fondo son un grito desesperado para que volvamos a tomar nuestro lugar, solo desde allí podemos tomar todo lo bueno que la vida tiene para nosotros.


