Enrique Gómez Pena ha soltado muchas lágrimas emotivas desde que el pasado 28 de junio echó el cerrojo a la puerta de Ferretería Gómez y el candado a la historia de 165 años de trayectoria familiar de cinco generaciones iniciada en 1860 por Manuel Gómez López. En el recuerdo quedan las referencias de Manuel Gómez Lafarga, José Gómez Gravisaco, Manuel Gómez Padrós, antecesores y su hermano Manuel durante una etapa corta.
“Los últimos días han sido duros por la tristeza enorme de cerrar el negocio familiar de toda la vida, me ha tocado pero la falta de relevo generacional ha marcado las pautas y no quedaba otro remedio” señaló Enrique. “Me da muchísima pena, los últimos días transcurrieron con muchas sensaciones porque los clientes vinieron a la tienda, con independencia de comprar o no, para despedirse, hacerse fotos y abrazos”.
En esta ocasión, se da el hecho curioso de que todo el contenido se lo queda otra empresa centenaria de referencia cualificada, Ernesto Cancer, “es una satisfacción porque es familia, persona muy allegada y se que lo llevará adelante en su empresa”. Asegura que “el cierre ha sido un duelo personal porque se acaba una vida de 165 años, a puerta cerrada el traslado es duro y la jubilación llevará consigo un cambio de vida personal”.
En los escaparates, con persianas bajadas, solo consta el agradecimiento escrito para agradecer la fidelidad de la clientela. Antes del cierre vinieron mucha gente y empresas “estoy súper agradecido sobre todo por los efectos emocionales. Si la gente viene solo para despedirse es normal que las sensaciones afloren y eso me ha pasado, incluso después”.
Del gran contenido de existencias en la tienda y en los almacenes solo se llevará a casa, “el botijo, la caja fuerte, las fotos de mis abuelos, el reloj antiguo, la barra con futbolistas que mi padre ponía en el escaparate para informar de la clasificación puntual del Barbastro, cada lunes, y tal vez los carteles de Ferretería Gómez”. Las lágrimas fáciles son inevitables durante la conversación en el despacho de cinco generaciones familiares, “esta parte se ha mantenido siempre”.
El establecimiento y su historia han pasado a la Geografía sentimental de Barbastro de la que su tío Enrique Gómez “Harry” publicó el primer capítulo y dejo apuntes del segundo. En la práctica, se pierde un auténtico museo local de ferretería que estuvo, siempre, en la misma casa que fue almacén de hierros, carbones, bodega con estructuras definidas, espacios con barandillas forjadas por herreros barbastrenses, suelo con baldosas antiguas de marca local de aquella época, estanterías, botijo con agua fresca natural y trampillas.
Ferretería Gómez ha sido el segundo comercio en activo más antiguo de la ciudad después de Manuel Rodríguez (1764), atrás quedaron Albert Artero (181 años) y Casa Pueyo (140 años) que cerraron en 2024 por el mismo motivo, falta de relevo generacional.
Referencias centenarias
Los comercios y empresas centenarias reflejan el carácter emprendedor que hubo en Barbastro. Las referencias actuales son Manuel Rodríguez (1764), Aguas de Barbastro, El Cruzado Aragonés, Hostal Pirineos, Hotel San Ramón, Hotel Clemente, Farmacia Sesé, Farmacia Fillat, Alpargatería Sallán, Casa Puertas, Bodega Lalanne, Bodega Fábregas, Gráficas Barbastro -herederos de Imprenta Lafita-, Calzados Lázaro, Pastel Biarritz (familia Albás), Estanco Avenida, Pinturas Fierro, Elena Fernández de Vega (Lotería), Panadería Sierra y Ernesto Cancer, en activo, en algunos casos con gestión diferente a la inicial.
En cambio, cerraron por cese de negocio, Aixelá, Palá, Acín, Sambeat, Soler, Armería Lacau, Casa Turmo, Alimentación Vidal, Albert Artero, Casa Pueyo y Ferretería Gómez. Salvo error u omisión involuntaria, en conjunto son referencias en la historia comercial de Barbastro. La recopilación datada entre los siglos IX-XIX se publicó en el libro “Espacio y comercio en la ciudad de Barbastro” del autor local Juan José Nieto, editada por la AESB y el Ayuntamiento hace 20 años.



1 comentario
Que información tan puntual y completa:
Las clasificaciones diarias de las vueltas ciclistas puestas en uno de los escaparates de la calle. Debajo del mismo, por una rejilla metálica que daba a una bodega, salía un airecillo fresco que a los crios de pantalón corto nos refrescaba mucho, un alivio para los calores del verano.